| Medio
aburrido. Tecleaba en la computadora, mientras hacía pausas para leer las
pifiadas del gobierno de Jaime Lusinchi. Había recibido un “no” de
mis padres* para ir a la marcha por motivos que, aún cuando tienen
sentido, los consideraba insólitos. El teléfono suena hasta con tono de
reflexión. Escucho y salgo pirao, con mi gorra de Círculo Bolivariano
(Aunque aún no formo parte de ninguno) y con la constitución en la mano,
por las escaleras del edificio, para agarrar el autobús que me lleva a la
estación de Metro de Petare. Claro, antes había perdido un poco de
tiempo en esas formalidades como agarrar dinero y cerrar las puertas del
apartamento. Eran las 11 y algo de la mañana: no muy temprano para
comenzar la marcha, aunque nunca es tarde para gritar por la revolución.
El gentil señor del Metro me guía a
dónde es que tengo que ir. Rápido, y como niñito que va al circo, me
fui corriendo y me monté en vagón. Es muy difícil ver a alguien
contento en Metro, pero yo iba feliz. La cita con mi tío Sergio era en la
estación del Valle. Pero en Plaza Venezuela me ataca la duda: Una marea
roja (parecida a la que formaban los fanáticos de Corea del Sur en el
Mundial) sale del vagón que viene del Valle y se dirigen a la Hoyada.
¿Bueno, Y por dónde es?, me pregunté. Decidí no ponerme a inventar
mucho e irme al Valle. Allí, otros compatriotas (La mayoría de la gente
que estaba en el vagón) se dirigían también a mi destino. Al fin
llegamos al Valle, y salgo por la estación del metro como las tortugas
que ven un nuevo mundo. La marcha, por supuesto, ya tenía tiempo pasando
por ahí, pero todavía lo estaba haciendo. Durante una hora esperando a
mi tío, la marcha seguía pasando y pasando, con gente que no solo
irradiaba optimismo, sino alegría y el derroche de la seguridad y
autoestima bolivariana. Con micrófonos, megáfonos o a gargantazo limpio,
la gente gritaba consignas de puro sentimiento revolucionario. De Caracas
o el interior, de Venezuela o del extranjero, el sentimiento era el mismo
y, contra el fascismo y el golpismo, era el canto. Recibo algunas
llamadas, mando algunos mensajes. Algunas personas de la marcha me gritan
y saludan, y yo como siempre que me cuesta expresarme verbal o
gestualmente, lo que hago es sonreír y mostrar la constitución. Pasaba y
pasaba gente, aunque esto no era nada comparando con lo que Venezuela
vería después.
Al fin llega Sergio, un revolucionario tío
mío que sin mucho protagonismo, ha ayudado desde siempre con lo que puede
a los más necesitados, y ha gritado ¡Chávez! desde mucho antes del 96’.
Me cuenta que la cola desde Tazón es enorme, pero que se pasa un buen
rato porque de cada 10 carros, 6 son bolivarianos. De ahí decidimos,
haciendo trampita, agarrar el Metro hasta Plaza Venezuela (Tengo una
excusa, Sergio había venido con unos amigos, y algunas eran señoras que
se iban a cansar mucho). La estación del Valle estaba repleta de la marea
roja que había vislumbrado rato antes, pero ésta se multiplicaba por
cien, por lo que me pude dar cuenta que no éramos muy originales en
agarrar el comodín. Una euforia se formó cuando dejaron pasar a todo el
mundo gratis. Un gentío enorme esperábamos el vagón, y las
probabilidades de perdernos entre la muchedumbre eran del 100%, más del
99,9%. Creo que fue José Gregorio Hernández o cualquier otro milagroso,
pero luego de la odisea de montarnos, todos cupimos. No era casualidad,
pero a todos se le escapaba la emoción de la revolución hasta por los
poros. Al llegar a Plaza Venezuela salir se convirtió en un reto, y no
pudimos evitar perdernos. Luego de mucha búsqueda, en cinco minutos ya
estábamos los 6 completos. Ante algunas propuestas de llegar a Bellas
Artes en Metro, decidimos mejor caminar. Cuando al fin salimos de la
cueva, nos unimos al recorrido de la enorme marcha, que no sólo se
llenaba por la avenida que estábamos recorriendo, sino por numerosas
calles adyacentes. La gente seguía contenta marchando, con ese optimismo
impresionante del que nunca piensa en la palabra perder. Gente de todos
lados del país, pobres, ricos, negros y hasta blancos también, bandas
show, disfraces, pancartas, motos, voces, hacían bastante placentero la
caminata y contrarrestaba el efecto de un sol que atacaba a la marcha,
cuando ya arribábamos al Parque los Caobos. Mucha, pero mucha gente me
impresionaba y colapsaba mis emociones que no sabía cómo expresar, y que
ya no fuera la repetitiva técnica de sonreír y levantar la
constitución.
Cuando llegamos a las partes donde había
unos señores vendiendo cachapas, me recordé que no había comido nada a
excepción de las escuálidas (Con todo el sentido de la palabra)
empanadas, que había comprado en la mañanita al portugués de Terrazas
del Ávila, luego de comprar a un Últimas Noticias que no me terminaba de
convencer. Decidí aguantar un poco más para cuando llegáramos a la
concentración. Al llegar al Teresa Carreño el pecho me empezó a vibrar.
Por arriba, por las calles de los lados, empezaba a aparecer tanta gente
que me pregunté si al final de la avenida Bolívar estaba Moisés con
diez tablas más. Había mucha, pero mucha gente que se reproducía por
todos lados y confluían todos en la misma avenida. El pecho me vibraba
con más fuerza y la mano se levantaba por ella misma para mostrar la
constitución. Seguíamos caminando entre el bullicio, la euforia y el
poco espacio disponible para adelantar. Entre tanta gente, por fin
divisamos la tarima a lo lejos. Poco a poco, tratando constantemente de no
perdernos, nos acercábamos paso a paso al piso elevado de fondo amarillo
y letras rojas. En una acción arriegadísima, compré lo más rápido que
pude una cachapa, porque las reservas que habían hecho las malucas
empanadas, ya se habían agotado. Me perdí por un momento, aunque luego
(Realmente no sé cómo), Sergio me encontró. La cachapa estaba caliente,
pero más caliente estaba nuestro alrededor.
Nos paramos. Estábamos como a 300 metros
de la tarima principal, y podíamos seguir avanzando, pero una de las
amigas de Sergio no quiso estar muy apretada y nos movimos hasta la tarima
1, más o menos a 400 metros de la tarima principal. Terminando la cachapa
que ya se había enfriado, tomando un agua friíta y hablando ahí
pistoladas con los demás, escuchaba y veía el furor de la gente que
estaba a nuestro alrededor. Eran casi las 3 de la tarde, y todavía
seguía llegando gente, pasando el helicóptero de la Disip, y entrando
personas desde la Av. Fuerzas Armadas y la Av. Universidad. Algunos
minutos después, aupado por mi tío, decidí montarme por los barrotes de
la tarima 1 a ver las dimensiones de la marcha-concentración. No vi nada.
No vi nada que estuviera vacío. Me quedé atónito de la cantidad de
gente que pasaba del Teresa Carreño y se me perdía en los límites del
horizonte. Temblaba de la emoción. Nunca imaginé ver tanta gente en un
mismo lugar. Si alguna vez había dudado, y había vislumbrado la
posibilidad de perder, lo que había acabado de ver echaba abajo todo el
pesimismo que la oligarquía opositora había logrado depositarme en un
tejido del corazón. Fue en ese momento, donde supe que esta Revolución
es indetenible. Fue ese momento donde me di cuenta que aunque tengan
dinero, aunque tengan tecnología, aunque invoquen al Diablo, no lograrán
detener al pueblo. Fue en ese momento donde todo el pedacito de amargura
se me esfumó, y lo que se llenó mi alma fue de puro amor. Fue en ese
momento donde sentí que volvía a nacer y todos mis miedos se olvidaban.
Fue en ese momento pues, donde más que nunca, me sentí revolucionario.
Las llamadas para ayudar a buscar y
reconocer a los niños que se habían perdido me despertó del momento
sublime que estaba viviendo. El agua que había comprado me había hecho
doler un poco el estómago, pero no le di importancia. De vuelta con los
demás, me dediqué a esperar al presidente constitucional de la
República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías.
Unas nubes habían tapado al Sol. Quizás
fue un acto de masoquismo, pero tenía sed y decidí comprar otra vez
agua. Hace un rato había ayudado a cargar unas pancartas y había
divisado a todos los militares en las azoteas que nos cuidaban de
cualquier acto terrorista. Fue entonces cuando oí la voz que todos
reconocemos, aún cuando estamos sordos: Chávez había dicho algo que no
entendí muy bien, pero cuando habló de nuevo, todo el mundo enloqueció
y Caracas parecía reventar tanto, que el Ávila recogió al teleférico:
había dicho que colocaran la concentración en cadena nacional.
Ya eran las cinco. Aunque no me quería ir,
tenía que hacerlo. Acompañé a Sergio y a sus amigos al Metro de la
Hoyada. Aunque la cola era enorme, teníamos que esperar para comprar el
ticket. De pronto, de nuevo la euforia se disparó de otra marea roja que,
cansada de un día y preparándose a trabajar para otro, recibió la
noticia de los operadores de que el Metro estaba gratis. Otra vez el
gentío estábamos esperando el vagón hacia Palo Verde. Por milagros de
la vida, de nuevo cupimos todos. Aprovechando que uno de los compatriotas
tenía un tambor, todos empezamos a cantar consignas rimadas en pleno
vagón. La alegría se mantenía aún con horas de caminatas y sol. Un
bolivariano rajao de Petare arriba, comentaba que había caminado desde el
Poliedro. Un señor canoso y blanco de Altamira, admitía haber recorrido
la marcha desde Plaza Venezuela. Todos hablaban de experiencias y de todo
un día de emociones. La mayoría de las personas, incluyendo el tambor,
se despidió en Plaza Venezuela para agarrar el trasbordo hacia el Valle.
Allí me despedí de Sergio, mientras que le daba los últimos detalles
para que llegara sin problemas a Guacara, en el Estado Carabobo. Al fin,
después de horas de estar parado, había podido sentarme en ese vagón
del Metro.
Arribamos los que quedábamos en Petare,
casi nadie continuó a Palo Verde. La estación del Metro, se volvió a
teñir de rojo y de gritos y consignas. Me monté en el autobús donde
también viajaba un Círculo Bolivariano. Hablé por teléfono y mandé
unos mensajes. Cansado estaba, pero sumergido de emoción. Le pagué al
colector y otra vez bajaba a Terrazas del Ávila. Subiendo hasta mi
edificio, sonaba alguna gaita de dizque protesta que sacaron ahora. Pero
una especie de capa protectora y de optimismo me impermeabilizaba de
cualquier intento oligarca de ensuciarme de una pizca de amargura. El odio
no me entraba y huía, entonces se me escapó una sonrisa, y levanté mi
constitución.
*aún soy menor de edad
Darío Carpio
Caracas, 14 de Octubre de 2002 |