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SIMON
BOLIVAR
LIBERTADOR DE VENEZUELA Y GENERAL EN JEFE DE SUS EJERCITOS.
A sus conciudadanos.
Ciudadanos:
Infeliz del magistrado que autor de las
calamidades o de los crímenes de su Patria se ve forzado a defenderse
ante el tribunal del pueblo de las acusaciones que sus conciudadanos
dirigen contra su conducta; pero es dichosísimo aquél que corriendo por
entre los escollos de la guerra, de la política y de las desgracias públicas,
preserva su honor intacto y se presenta inocente a exigir de sus propios
compañeros de infortunio una recta decisión sobre su inculpabilidad.
Yo he sido elegido por la suerte de las
armas para quebrantar vuestras cadenas, como también he sido, digámoslo
así, el instrumento de que se ha valido la providencia para colmar la
medida de vuestras aflicciones. Sí, yo os he traído la paz y la
libertad, pero en pos de estos inestimables bienes han venido conmigo la
guerra y la esclavitud. La victoria conducida por la justicia fue siempre
nuestra guía hasta las ruinas de la ilustre capital de Caracas, que
arrancamos de manos de sus opresores. Los guerreros granadinos no
marchitaron jamás sus laureles mientras combatieron contra los
dominadores de Venezuela, y los soldados caraqueños fueron coronados con
igual fortuna contra los fieros españoles que intentaron de nuevo
subyugarnos. Si el destino inconstante hizo alternar la victoria entre los
enemigos y nosotros, fue sólo en favor de pueblos americanos que una
inconcebible demencia hizo tomar las armas para destruir a sus
libertadores y restituir el cetro a sus tiranos. Así, parece que el cielo
para nuestra humillación y nuestra gloria ha permitido que nuestros
vencedores sean nuestros hermanos y que nuestros hermanos únicamente
triunfen de nosotros. El ejército libertador exterminó las bandas
enemigas, pero no ha podido exterminar unos pueblos por cuya dicha ha
lidiado en centenares de combates. No es justo destruir los hombres que no
quieren ser libres, ni es libertad la que se goza bajo el imperio de las
armas contra la opinión de seres fanáticos cuya depravación de espíritu
les hace amar las cadenas como los vínculos sociales.
No os lamentéis, pues, sino de vuestros
compatriotas que instigados por los furores de la discordia os han
sumergido en ese piélago de calamidades, cuyo aspecto sólo hace
estremecer a la naturaleza, y que sería tan horroroso como imposible
pintaros. Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro
seno, derramando vuestra sangre, incendiando vuestros hogares, y os han
condenado a la expatriación. Vuestros clamores deben dirigirse contra
esos ciegos esclavos que pretenden ligaros a las cadenas que ellos mismos
arrastran; y no os indignéis contra los mártires que fervorosos
defensores de vuestra libertad han prodigado su sangre en todos los
campos, han arrostrado todos los peligros, y se han olvidado de sí mismos
para salvaros de la muerte o de la ignominia. Sed justos en vuestro dolor,
como es justa la causa que lo produce. Que vuestros tormentos no os
enajenen, ciudadanos, hasta el punto de considerar a vuestros protectores
y amigos como cómplices de crímenes imaginarios, de intención, o de
omisión. Los directores de vuestros destinos no menos que sus
cooperadores, no han tenido otro designio que el de adquirir una perpetua
felicidad para vosotros, que fuese para ellos una gloria inmortal. Mas, si
los sucesos no han correspondido a sus miras, y si desastres sin ejemplo
han frustrado empresa tan laudable, no ha sido por efecto de ineptitud o
cobardía; ha sido, sí, la inevitable consecuencia de un proyecto
agigantado, superior a todas las fuerzas humanas. La destrucción de un
gobierno, cuyo origen se pierde en la obscuridad de los tiempos; la
subversión de principios establecidos; la mutación de costumbres; el
trastorno de la opinión, y el establecimiento en fin de la libertad en un
país de esclavos, es una obra tan imposible de ejecutar súbitamente, que
está fuera del alcance de todo poder humano; por manera que nuestra
excusa de no haber obtenido lo que hemos deseado, es inherente a la causa
que seguimos, porque así como la justicia justifica la audacia de haberla
emprendido, la imposibilidad de su adquisición califica la insuficiencia
de los medios. Es laudable, es noble y sublime, vindicar la naturaleza
ultrajada por la tiranía; nada es comparable a la grandeza de este acto y
aun cuando la desolación y la muerte sean el premio de tan glorioso
intento, no hay razón para condenarlo, porque no es lo asequible lo que
se debe hacer, sino aquello que el derecho nos autoriza.
En vano, esfuerzos inauditos han logrado
innumerables victorias, compradas al caro precio de la sangre de nuestros
heroicos soldados. Un corto número de sucesos por parte de nuestros
contrarios, ha desplomado el edificio de nuestra gloria, estando la masa
de los pueblos descarriada por el fanatismo religioso, y seducida por el
incentivo de la anarquía devoradora. A la antorcha de la libertad, que
nosotros hemos presentado a la América como la guía y el objeto de
nuestros conatos, han opuesto nuestros enemigos la hacha incendiaria de la
discordia, de la devastación y el grande estímulo de la usurpación de
los honores y de la fortuna a hombres envilecidos por el yugo de la
servidumbre y embrutecidos por la doctrina de la superstición: ¿Cómo
podría preponderar la simple teoría de la filosofía política sin otros
apoyos que la verdad y la naturaleza, contra el vicio armado con el
desenfreno de la licencia, sin más límites que su alcance y convertido
de repente por un prestigio religioso en virtud política y en caridad
cristiana? No, no son los hombres vulgares los que pueden calcular el
eminente valor del reino de la libertad, para que lo prefieran a la ciega
ambición y a la vil codicia. De la decisión de esta importante cuestión
ha dependido nuestra suerte; ella estaba en manos de nuestros compatriotas
que pervertidos han fallado contra nosotros; de resto todo lo demás ha
sido consiguiente a una determinación más deshonrosa que fatal, y que
debe ser más lamentable por su esencia que por sus resultados.
Es una estupidez maligna atribuir a los
hombres públicos las vicisitudes que el orden de las cosas produce en los
Estados, no estando en la esfera de las facultades de un general o
magistrado contener en un momento de turbulencia, de choque, y de
divergencia de opiniones el torrente de las pasiones humanas, que agitadas
por el movimiento de las revoluciones se aumentan en razón de la fuerza
que las resiste. Y aun cuando graves errores o pasiones violentas en los
jefes causen frecuentes perjuicios a la República estos mismos perjuicios
deben, sin embargo, apreciarse con equidad y buscar su origen en las
causas primitivas de todos los infortunios: la fragilidad de nuestra
especie, y el imperio de la suerte en todos los acontecimientos. El hombre
es el débil juguete de la fortuna, sobre la cual suele calcular con
fundamento muchas veces, sin poder contar con ella jamás, porque nuestra
esfera no está en contacto con la suya de un orden muy superior a la
nuestra. Pretender que la política y la guerra marchen al grado de
nuestros proyectos, obrando a tientas con sólo la pureza de nuestras
intenciones, y auxiliados por los limitados medios que están a nuestro
arbitrio, es querer lograr los efectos de un poder divino por resortes
humanos.
Yo, muy distante de tener la loca presunción
de conceptuarme inculpable de la catástrofe de mi patria, sufro al
contrario, el profundo pesar de creerme el instrumento infausto de sus
espantosas miserias; pero soy inocente porque mi conciencia no ha
participado nunca del error voluntario o de la malicia, aunque por otra
parte haya obrado mal y sin acierto. La convicción de mi inocencia me la
persuade mi corazón, y este testimonio es para mí el más auténtico,
bien que parezca un orgulloso delirio. He aquí la causa porque desdeñando
responder a cada una de las acusaciones que de buena o mala fe se me
puedan hacer, reservo este acto de justicia, que mi propia vindicta exige,
para ejecutarlo ante un tribunal de sabios, que juzgarán con rectitud y
ciencia de mi conducta en mi misión a Venezuela. Del Supremo Congreso de
la Nueva Granada hablo, de este augusto cuerpo que me ha enviado con sus
tropas a auxiliarlos como lo han hecho heroicamente hasta expirar todas en
el campo del honor. Es justo y necesario que mi vida pública se examine
con esmero, y se juzgue con imparcialidad. Es justo y necesario que yo
satisfaga a quienes haya ofendido, y que se me indemnice de los cargos erróneos
a que no he sido acreedor. Este gran juicio debe ser pronunciado por el
soberano a quien he servido; yo os aseguro que será tan solemne cuanto
sea posible, y que mis hechos serán comprobados por documentos
irrefragables. Entonces sabréis si he sido indigno de vuestra confianza,
o si merezco el nombre de Libertador. Yo os juro, amados compatriotas, que
este augusto título que vuestra gratitud me tributó cuando os vine a
arrancar las cadenas, no será vano. Yo os juro que libertador o muerto,
mereceré siempre el honor que me habéis hecho, sin que haya protestad
humana sobre la tierra que detenga el curso que me he propuesto seguir
hasta volver segundamente a libertaros, por la senda del occidente, regada
con tanta sangre y adornada de tantos laureles. Esperad, compatriotas, al
noble, al virtuoso pueble granadino que volará ansioso de recoger nuevos
trofeos, a prestaros nuevos auxilios, y a traeros de nueva la libertad, si
antes vuestro valor no la adquiere. Sí, sí, vuestras virtudes solas son
capaces de combatir con suceso contra esa multitud de frenéticos que
desconocen su propio interés y honor; pues jamás la libertad ha sido
subyugada por la tiranía. No comparéis vuestras fuerzas físicas con las
enemigas, porque no es comparable el espíritu con la materia. Vosotros
sois hombres, ellos son bestias, vosotros sois libres, ellos esclavos.
Combatid, pues, y venceréis. Dios conceda victoria a la constancia.
Carúpano, 7 de septiembre de 1814.-4°.
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