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El General Antonio José de Súcre nació
en la ciudad de Cumaná, en las provincias de Venezuela, el año de 1795,
de padres ricos y distinguidos. Recibió su primera educación en la
capital, Caracas. En el año de 1808 principió sus estudios de matemáticas
para seguir la carrera de ingeniero. Empezada la revolución se dedicó a
esta arma y mostró desde los primeros días una aplicación y una
inteligencia que lo hicieron sobresalir entre sus compañeros. Muy pronto
empezó la guerra, y desde luego el General Sucre salió a campaña. Sirvió
a las órdenes del General Miranda con distinción en los años 11 y 12.
Cuando los generales Mariño, Piar, Bermúdez y Valdés emprendieron la
reconquista de su patria, en el año de 13, por parte oriental, el joven
Sucre les acompañó a una empresa la más atrevida y temeraria. Apenas un
puñado de valientes que no pasaban de ciento, intentaron y lograron la
libertad de tres provincias. Sucre siempre se distinguía por su
infatigable actividad, por su inteligencia y por su valor. En los célebres
campos de Maturín y Cumaná se encontraba de ordinario al lado de los más
audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios
con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras
fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios mayores. Quintetos paisanos
armados, mandados por el intrépido Piar, destrozaron ocho mil españoles
en tres combates en campo raso. El General Sucre era uno de los que se
distinguían en medio de estos héroes.
El General Sucre sirvió el E. M. G. Del Ejército
de Oriente desde el año de 1816 hasta el de 1817, siempre con el celo,
talento y conocimintos que lo han distinguido tanto. El era el alma del ejército
en que servía. El metodizaba todo: él lo dirigía todo, mas, con esa
modestia, con esa gracia, con que hermoseaba cuanto ejecuta.En medio de
las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución,
el General Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de consejero, de
guía, sin perder nunca de vista la buena causa y el buen camino. El era
el azote del desorden y, sin embargo, el amigo de todos.
Su adhesión al Libertador y al Gibierno lo
ponían a menudo en posiciones difíciles cuando a los partidos domésticos
encendían los espíritus. El General Sucre quedaba en la tempestad
semejante a una roca, combatida por las olas, cclavados los ojos en su
patria, y sin perder, no obstante, el aprecio y amor de los que combatía.
Después de la batalla de Boyacá, el
General Sucre fue nombrado Jefe Mayor del Estado Mayor General Libertador,
cuyo destino desempeño con asombrosa actividad. En esta capacidad
asociado al General Briceño y al Coronel Pérez, negoció el armisticio y
regularización de la guerra con el general Morillo el año de 1820. Este
tratado es digno del alma del General Sucre: la benignidad, la clemencia,
el genio de la beneficencia lo dictaron: él será eterno como el más
bello monumento de la piedad aplicada a la guerra: él será eterno como
el nombre del vencedor de Ayacucho.
Luego fue destinado desde Bogotá a mandar la división de tropas que el
Gobierno de Colombia puso a sus órdenes para auxiliar a Guayaquil que se
había insurrecionado contra el Gobierno Español. Allí Sucre desplegó
su genio conciliador, cortés, activo, audaz.
Dos derrotas consecutivas pusieron a
Guayaquil al lado del abismo. Todo estaba perdido en aquella época: nadie
esperaba salud, sino un prodigio de la buena suerte. Pero el General Sucre
se hallaba en Guayaquil, y bastaba su presencia para hacerlo todo. El
pueblo deseaba librarse de la esclavitud: el General Sucre dirigió este
noble deseo con acierto y con gloria. Triunfa en Yaguachi, y libra así a
Guayaquil. Después un nuevo ejército se presentó en las puertas de esta
misma ciudad, vencedor y fuerte.l El General Sucre lo conjuró, lo rechazó
sin combatirlo. Su política logró lo que sus armas no habían alcanzado.
La destreza del General Sucre obtuvo un armisticio del General español,
que en realidad era una victoria. Gran parte de la batalla de Pichincha se
debe a esta hábil negociación; porque sin ella, aquella célebre jornada
no habría tenido lugar. Todo habría sucumbido entonces, no teniendo a su
disposición el General Sucre medios de resistencia.
El General Sucre formó, en fin, un ejárcito
respetable durante aquel armisticio con las tropas que levantó en el país,
con las que recibió del Gobierno de Colombia y con la división del
General Sanra Cruz que obtuvo del Protector de Perú, por resultado de su
incansable perseverancia en solicitar por todas partes enemigos a los españoles
poseedores de Quito.
La campaña terminó la guerra del Sur de Colombia, fue dirigida y mandada
en persona por el General Sucre; en ella mostró sus talentos y virtudes
militares; superó dificultades que parecían invencibles; la naturaleza
le ofrecía obstáculos, privaciones y penas durísimas. Mas a todo sabía
remediar su genio fecundo. La batalla de Pichincha consumó la obra de su
celo, de su sagacidad y de su valor. Entonces fue nombrado en premio de
sus servicios, General de División e Intendente del Departamento de
Quito. Aquellos pueblos veían en él a su Libertador, su amigo; se
mostraron más satisfechos del Jefe que les era destinado, que de la
libertad misma que recibían de sus manos. El bién dura poco; bien pronto
lo perdieron.
La pertinaz ciudad de Pasto se subleva poco
después de la capitulación que les concedió el Libertador con una
generocidad sin ejemplo en la guerra. La de Ayacucho que acabamos de ver
con asombro no le era comparable.; Sin embargo, este pueblo ingrato y pérfido
obligó al General Sucre a marchar contra él, a la cabeza de algunos
batallones y escuadrones de la guardia colombiana. Los abismos, los
torrentes, los escarpados precipicios de Pasto fueron franqueados por los
invencibles soldados de Colombia. El General Sucre los guiaba, y Pasto fue
nuevamente reducido al deber. El General Sucre, bien pronto fue destinado
a una doble misión, militar y diplomática cerca de este Gobierno, cuyo
objeto era hallarse al lado del Presidente de la República para
intervenir en la ejecución de las operaciones de las tropas colombianas
auxiliares del Perú. Apenas llegó a esta capital, cuando el Gobierno del
Perú le instó, repetida y fuertemente, para que tomase el mando del ejército
unido; él se denegó a ello, siguiendo su deber y su propia moderación,
hasta que la aproximación del enemigo con fuerzas muy superiores convirtió
la aceptación del mando en una honorosa obligación. Todo estaba en
orden; todo iba a sucumbir sin el Jefe militar que pusiese en defensa la
plaza del Callao, con las fuerzas que ocupaban esta capital. El General
Sucre tomó, a su pesar, el mando.
El Congreso había sido ultrajado por el
Presidente Riva-Agüero, depuso a este magistrado luego entró en el
Callao, y autorizóal General Sucre para que obrase militar y políticamente
como Jefe Supremo. Las circunsatancias eran terribles, urgentísimas: no
había que vacilar sino obrar con decisión.
El General Sucre renunció, sin embargo, el
mando que le confería el Congreso, el que siempre insistía con mayor
ardor en el mismo empeño, como que era él el único hombre que podía
salvar la patria en aquel conflicto tan tremendo. El Callao encerraba la
caja de Pandora, y al mismo tiempo era un caos. El enemigo estaba a las
puertas con fuerzas dobles: la plaza no estaba preparada para un sitio:
los cuerpos del ejército que la guarecían eran de diferentes Estados; de
diferentes partidos; el Congreso y el Poder Ejecutivo luchaban de mano
armada; todo el mundo mandaba en aquel lugar de confusión, y al parecer
el General Sucre era reesponsable de todo.El, pues, tomó la resolución
de defender la plaza, con tal que las autoridades supremas la evacuasen,
como ya se había determinado de antemano por parte del Congreso y del
Poder Ejecutivo. Aconsejó a ambos cuerpos que se entendiesen y
transigiesen sus diferencias en Trujillo, que era el lugar designado para
su residencia.
El General Sucre tenía órdenes positivas
de su Gobierno de sostener al del Perú, pero de abstenerse de intervenir
en sus diferencias intestinas; esta fue su conducta invariable, observando
religiosamente sus instrucciones. Por lo mismo, ambos partidos se quejaban
de indiferencia, de indolencia, de apatía por parte del general de
Colombia, que si había tomado el mando militar, había sido con suma
repugnancia, y sólo por Complacer a las autoridades peruanas; pero bien
resuelto a no ejerecer otro mando que el estrictamente militar. Tal fué
su comportamiento en medio de tan difíciles circunstancias. El Perú
puede decir si la verdad dicta estas líneas.
Las operaciones del General Santa Cruz en
el Alto Perú habían empezado con buen suceso y esperanzas probables. El
General Suere había recibido órdenes de embarcarse con cuatro mil
hombres de las tropas aliadas, hacia aquella parte. En efecto, dirige su
marcha con tres mil colombianos y chilenos: desembarca en el puerto de
Quilca, y toma la ciudad de Arequipa. Abre comunicaciones con el General
Santa Cruz que se hallaba en el Alto Perú: a pesar de no recibir demanda
alguna de dicho General de auxilios, dispone todo para obrar
inmediatamente contra el enemigo común. Sus tropas habían llegado muy
estropeadas, como todas las que hacen la misma navegación: los caballos y
bagajes, había costado una inmensa dificultad obtenerlos: las tropas de
Chile se hallaban desnudas, y debieron vestirse antes de emprender una
campaña rigurosa. Sin embargo todo se efectuó en pocas semanas. Ya la
división del General Sucre había recibido parte del General Santa Cruz,
que le llamaba en su auxilio, y algunas horas después de la recepción de
este parte estaba en marcha, cuando se recibió el triste anuncio de la
disolución de la mayor parte de la división peruana en las inmediaciones
del Desaguadero. Por entonces todo cambiaba de aspecto. Era, pues,
indispensable mudar de plan. El General Sucre tuvo una entrevista con el
General Santa Cruz en Moquegua, y allí combinaron sus ulteriores
operaciones. La división que mandaba el General Sucre, vino a Pisco, y de
allí pasó, por orden del Libertador, a Supe para oponerse a los planes
de Riva-Agüero que obraba de concierto con los españoles.
En estas circunstancias el General Sucre
instó al Libertador para que le permitiese ir a tomar el valle de Jauja
con las tropas de Colombia, para oponerse allí al general Canterac que
venía del Sur. Riva-Agüero había ofrecido cooperar a esta maniobra; mas
su perfidia pretendía engañarnos. Su intento era dilatarla hasta que
llegasen los españoles, sus auxiliares. Tan miserable treta no podía
alucinar al Libertador, que la había previsto con anticipación, o más
bien que la conocía por documentos interceptados de los traidores y de
los enemigos.
El General Sucre dió en aquel momento
brillante testimonio de su carácter generoso. Riva-Agüero lo había
calumniado atrozmente: lo suponía autor de los decretos del Congreso; el
agente de la ambición del Libertador; el instrumento de su ruina. No
obstante esto, Sucre ruega encarecida y ardientemente al Libertador, para
que no lo emplee en la campaña contra Riva- Agüero, ni aun como simple
soldado; apenas se pudo conseguir de él que siguiese como espectador, y
no como Jefe del ejército unido; su resistencia era absoluta. El decía
que de ningún modo convenía la intervención de los auxiliares en
aquella lucha, e infinitamente menos la suya propia, porque se le suponía
enemigo personal de Riva-Agüero, y competidor al mando. El Libertador
cedió con infinito sentimiento, según se dijo, a los vehementes clamores
del General Sucre. El tomó en persona el mando del ejército, hasta que
el general La Fuente por su noble resolución de ahogar la traición de un
Jefe, y la guerra civil de su patria, prendió a Riva-Agüero y a sus cómplices.
Entonces el General Sucre volvió a tomar el mando del ejército; lo
acantonó en la provincia de Huailas donde se le ordenó; allí su economía
desplegó todos sus recursos para mantener con comodidad y agrado las
tropas de Colombia. Hasta entonces aquel departamento había producido muy
poco o nada al Estado. Sin embargo el General Sucre establece el orden más
estricto para la subsistencia del ejército, conciliando a la vez el
sacrificio de los pueblos y disminuyendo el dolor de las exacciones
militares con su inagotable bondad y con su infinita dulzura. Así fue que
el pueblo y el ejército se encontraron tan bien, cuanto las
circunstancias lo permitían.
Sucre tuvo orden de hacer un reconocimiento de la frontera, como lo efectuó
con el esmero que acostumbraba, y dictó aquellas providenciales
preparatorias que debían servirnos para realizar la próxima campaña.
Cuando la traición del Callao y de
Torre-Tagle llamaron a los enemigos a Lima, el General Sucre recibió órdenes
de contrarrestar el complicado sistema de maquinaciones pérfidas que se
extendió en todo el territorio contra la libertad del país, la gloria
del Libertador, y el honor de los colombianos. El General Sucre combatió
con suceso a todos sus adversarios de la buena causa; escribió con sus
manos resmas de papel para impugnar a los enemigos del perú y de la
libertad; para sostener a los buenos, para confrontar a los que empezaban
a desfallecer por los prestigios del error triunfante. El General Sucre
escribía a sus amigos que más interés había tomado por la causa de Perú,
que por una que le fuese propia o perteneciese a su familia. Jamás había
desplegado un celo tan infatigable; mas sus servicios no se vieron
burlados: ellos lograron retener en la causa de la patria, a muchos que la
habrían abandonado sin el empeño generoso de Sucre. Este General tomó
al mismmo tiempo a su cargo la dirección de los preparativos que
produjeron el efecto maravilloso de llevar el ejército al valle de Jauja
por encima de los Andes, helados y desiertos. El ejército recibió todos
los auxilios necesarios debidos, sin duda, tanto a los pueblos peruanos
que los presentaban como al Jefe que los había ordenado tan oportuna y
discretamente.
EL General Sucre después de la acción de
Junín se consagró de nuevo a la mejora y alivio del ejército. Los
hospitales fueron provistos por él, y los piquetes que venían de alta al
ejército, eran auxiliados por el mismo General: estos cuidados dieron al
ejército dos mil hombres, que quizá habrían perecido en la miseria sin
el esmero del que consagraba sus desvelos a tan piadoso servicio. Para el
General Sucre todo sacrificio por la humanidad y por la patria, parece
glorioso. Ninguna atención bondadosa es indigna de su corazón: él es el
general del soldado.
Cuando el Libertador lo dejó encargado de
conducir la campaña durante el invierno que entraba, el General Sucre
desplegó todos los talentos superiores que lo han conducido a obtener la
más brillante campaña de cuantas forman la gloria de los hijos del nuevo
mundo. La marcha del ejército unido desde la provincia de Cochabamba
hasta Huamanga, es una operación insigne, comparable quizá a la más que
presenta la historia militar. Nuestro ejército era inferior en mitad al
enemigo, que poseía infinitas ventajas materiales sobre el nuestro.
Nosotros nos veíamos forzados a desfilar sobre riscos, garganras, ríos,
cumbres, abismos, siempre en presencia de un ejército enemigo, y siempre
superior. Esta corta, pero terrible campaña, tiene un mérito que todavía
no es bien conocido en su ejecución: ella merece un César que la
describa.
La batalla de Ayacucho es la cumbre de la
gloria americana, y la obra del General Sucre. La disposición de ella ha
sido perfecta, y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas
desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años, y a un enemigo
perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho, semejante a
Waterloo, que decidió del destino de Europa, ha fijado la suerte de las
naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de
Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentada en el trono de la
libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el
imperio sagrado de la naturaleza.
El General Sucre es el padre de Ayacucho:
es el redentor de los hijos del sol: es el que ha roto las cadenas con que
envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a
Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus
manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú, rotas
por su espada.
Lima:
1825. |